BÁRBARA SOTO

En el corazón de Bushwick hay una cruce de calles que parece resistir la inminente gentrificación por la que atraviesa el vecindario. Un área oscura, sucia y peligrosa que se parece al Brooklyn que tenía en mente antes de venir aquí por primera vez.

 

En el punto en el que Broadway, Myrtle y Jefferson se encuentran, sucede todo el tiempo, día y noche, desde traficantes de drogas hasta trabajadores que viajan a Manhattan, todo aderezado con toneladas de basura: la basura está en todas partes, en el suelo, dentro de las estructuras del metro, rebosando los cubos. Esta actividad frenética choca con el ritmo que el resto del vecindario está tratando de crecer en un ambiente bastante hostil y antiestético.

 

En medio de esta fealdad he encontrado fascinación, la atracción por lo áspero y lo sin pulir, por lo auténtico. Las sombras que las líneas de tren elevadas arrojan contra la carretera, la gente y los negocios, crean un escenario dramático, casi teatral, donde lo prohibido puede suceder con impunidad. Ahí es donde me gusta ir con mi cámara y construir un retrato narrativo de este espacio único en Brooklyn.

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